Un fallido regreso al mundo de Silent Hill
El director Christophe Gans vuelve a la franquicia con «Terror en Silent Hill: Regreso al infierno». Esta entrega busca adaptar los eventos del segundo videojuego de la saga de Konami. Lamentablemente, el resultado dista mucho de la calidad atmosférica de su predecesora de 2006. La cinta se presenta como una experiencia frustrante y tediosa para cualquier espectador exigente. Incluso los defensores del trabajo previo de Gans encontrarán pocos elementos rescatables aquí. La narrativa falla al intentar conectar con la audiencia desde sus primeros minutos.
Una trama confusa y sin rumbo
La historia comienza con un prólogo incómodo protagonizado por James Sunderland y Mary Crane. Ambos personajes se conocen tras un accidente y deciden quedarse juntos en el pueblo maldito. Años después, James recibe una carta misteriosa que lo impulsa a regresar a buscar a su amada. Sin embargo, la mezcla de líneas temporales entre el pasado y el presente resulta caótica. El guion intenta construir un misterio sobre un culto religioso sin éxito alguno. Todo el suspenso se disipa rápidamente entre situaciones ilógicas y diálogos vacíos.
Estética visual sobre sustancia narrativa
Gans demuestra que entiende la estética superficial del videojuego al recrear escenarios icónicos. Los efectos visuales logran momentos interesantes cuando el pueblo se transforma en un infierno rojo. Criaturas famosas como Cabeza de Pirámide y las enfermeras sin rostro tienen apariciones destacadas. No obstante, estos elementos visuales no logran sostener una película vacía de contenido emocional. La cinta funciona más como una atracción mecánica de parque de diversiones que como cine. La atmósfera de terror brilla por su ausencia durante todo el metraje.
Fallos técnicos y actuaciones planas
El aspecto técnico de la producción presenta descuidos imperdonables que rompen la inmersión. Las pelucas utilizadas por los actores lucen baratas y parecen sacadas de una tienda de disfraces. Mención aparte merece la barba postiza de Jeremy Irvine, la cual resulta vergonzosamente artificial en pantalla. Además, la actuación de Irvine carece de matices y entrega un protagonista sin carisma. James reacciona con total indiferencia ante situaciones horripilantes, como ver a alguien derretirse. Esta falta de humanidad impide que el público sienta empatía por su búsqueda.
Un veredicto desalentador
Esta secuela abandona el gore y la tensión que caracterizaron a la primera película. La censura parece haber limitado la creatividad del director en las escenas más fuertes. Ni siquiera los fanáticos acérrimos del juego encontrarán satisfacción en esta propuesta cinematográfica. La experiencia final resulta aburrida, carente de sustos genuinos y narrativamente pobre. Silent Hill merecía un retorno mucho más digno a la pantalla grande. Es preferible quedarse con el recuerdo del videojuego original o su reciente remake.